De los escombros de aquella casa
hice arena,
molí esa tierra oscura, negra y sucia,
la llené de agua y salitre,
la moldeé con mis manos,
la acuné tantas noches
como las noches que no pude hacerlo,
horneé su cuerpo pequeño en la memoria que arde
y di a luz un pajarito de porcelana
pequeño y brillante,
que baila conmigo y guarda en el pico
toda la belleza
de este mundo.



















Un hijo, una madre, un amor, un proyecto de vida.
Hay duelos que no se superan.
No porque no se continúe, sino porque al seguir con tu vida algo de ti ha quedado irremediablemente alterado.
Cuando te rompes, sigues funcionando. Aprendes a sostener, a servir, a estar. Pero ya no lo haces desde el mismo lugar.
Este trabajo no habla de la rotura, sino del después: de aquello que sigue siendo lo que fue sin ya ser nunca igual. Un baile que va del objeto, al rastro. De lo reconocible a lo irreconocible. Al centro mismo del dolor.
Piezas valiosas, con historia familiar, con una carga generacional.
Objetos funcionales que alguien compró con cariño, utilizó con cuidado y guardó con la esperanza de que perdurasen en el tiempo.
Teteras, jarras, platos, copas de cristal tallado, botijos, cuencos y tazas de porcelana fina, de cerámica pintada a mano que sueles guardar como un tesoro.
Esas cosas preciadas y bellas que, a veces, también se rompen.



